Llevo varios días de agotamiento y no se porqué. He tenido casi nueve días para desconectar, salir, estudiar y fomentar ese sedentarismo tan propio en mí, sin embargo, parece que, cuanto más tiempo tiene uno, peor es para el coco.
Paso horas en casa, con los ojos puestos en los apuntes pero la mente a kilómetros de aquí.
Mi infancia transcurrió como la de cualquiera, no estuvo plagada de aventuras trepidantes ni de cosas fuera de lo común; lo que si marca es estar en un colegio clerical, donde todo lo que haces si es por tí, está mal. Aquello que conllevara a tu propio placer o disfrute no era del todo lícito. Nos alimentaban la cabeza con cuentos, que para algunos rozarían la ciencia ficción, donde un hombre, con barba y sandalias, lleno de serrín, nos enseñaba a todos que lo mas maravilloso del mundo, es vivir por los demás.
¿Pero que pasa, si digo no?.
Si por algo creo que me caracterizo, es por intentar complacer a los demás en muchas ocasiones, y eso, ya me ha traído factura y varios golpes; pero no me importa. Brota de mi una ilusión por poder prestarme a los demás en un futuro, que nadie puede entender; donde los demás ven heridas yo veo gasas y puntos, donde los demás ven una niña leucémica de la que se compadecen, yo veo la oportunidad de hacer que su dolor acabe pronto y pueda jugar como todas las demás. Creo que nací para esto, sí.
Pero...¿y si digo no?
No se confundan, no es que quiera decir no a los demás, sino que ya estoy cansada de decirme no muchas veces a mi.
Intento ceder en muchos aspectos, pero en esta ocasión no quiero.
El que hasta ahora es mi media naranja, el que me hace reír, el que me escucha quiere partir a un nuevo país para continuar sus estudios allí. Es una fantástica idea, y eso no puedo negarlo, pero preferíria que el que emprendiera marcha hacia tierras laponas fuera otro. Fue ese espíritu semi-inconformista, rebelde, un tanto alocado y con matices bohemios lo que hizo que despues de año y medio siga enamorada de él, y no como el primer día, sino más. Es mi amigo, amante y compañero y no me hago a la idea de que se vaya.
No quiero que lo haga, pero sí, es sumamente egoísta decirlo.
Quiero su felicidad pero la parte mas oscura de mí, no quiere que esos planes se cumplan, total, Finlandia no se va a mover de ahí ¿no? y teniendo en cuenta que aun le quedan por vivir unos sesenta años mas, que importara ir ahora o con mas arrugas...
Pero no puedo. Esos sentimientos tienen que ser encerrados ahora. Deseo su felicidad por encima de todo, y se, que si finalmente se fuera, y al volver, me siguiera queriendo como hasta ahora ha hecho, ya podría haber un holocausto, volverse el cielo verde o llover margaritas, que sabría, aun con mayor certeza que la que tengo ahora, -y ya esta es elevada- que será él, el que para siempre ocupe mi cabeza y mi corazón, que será él, con el que compartiré, si así me lo permite, lo que me quede de vida, hasta ser dos ancianos con pelo canoso...
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